La dura lección dejada por los apagones en 2024, lejos de ser aprendida por el gobierno en cuanto a celeridad, ha devenido en parsimonia, en confiar demasiado en las lluvias, y hasta en la estoica paciencia ciudadana.
Autoridades del sector eléctrico, los expertos en el área; quienes predicen el clima, naturalmente con sustento técnico, y de refilón los políticos siempre apuestos a la debacle, se trenzan en discusiones de toda naturaleza.
Pero el problema está allí. La amenaza de apagones, si bien no en el corto plazo, sí a mediano plazo, ronda por todo lado. Que no hay proyectos de generación próximos a producir es otra realidad. Que el embalse de Mazar, abastecedor del complejo hidroeléctrico Paute, sigue a la baja, pese a las esporádicas lluvias, es innegable.
Trenzarse discutiendo en que durante estos primeros meses de 2026 el estiaje no ocurrirá, sino entre septiembre u octubre, y, por lo tanto, debe prevalecer la calma, resulta irónico, hasta pueril a ratos.
Decir, con cierto desparpajo, de “que no hay lluvias, pero hay energía”, demuestra poca sintonía con la preocupación ciudadana, y excesiva confianza en que el embalse de Mazar aguantará quien sabe por cuantos meses más.
Ante la alerta, el gobierno sale a informar, no dando la cara para evitar preguntas, sino a través de video, sobre la adjudicación, no se sabe cuándo, de tres proyectos de generación eléctrica. Conjuntamente, sumarán 2100 megavatios.
Igual optimismo generó a finales de 2024 cuando, tras declarar en emergencia al sector eléctrico, compró energía térmica a empresas internacionales; pero los resultados fallidos, no exentos de posibles actos de corrupción, los sabe el país entero.
Queda la esperanza de que llueva y llueva, de que el embalse Mazar aguante, y que los proyectos anunciados por el Régimen lleguen a feliz término, pero en este año.










