Ausencia de autocrítica

No hay autoridades, sea que elegidas en las urnas, o designadas para desempeñar tal o cual función, que hagan de la autocrítica una acción de ciudadanía, de civismo, de toma de conciencia para rectificar ante la primera advertencia sobre el error cometido, peor para pedir el apoyo, la sugerencia de otros, así estén en la otra vereda, política e ideológicamente hablando.

Si la hubiera, hasta la oposición fuera aquilatada como lo que en verdad es en una democracia.

Y esa misma oposición, si la practicara, se diera cuenta de que la hace únicamente para ver fracasar al otro, a los otros.

Cuanto bien le haría, por ejemplo, al gobierno ser autocrítico, no solo para enderezar rumbos, tomar decisiones más acertadas, urgentes, no por ello mal planificadas; sino hasta para caer en cuenta de que malgasta energías desviando la atención ciudadana ante tal o cual escándalo; cometiendo ilegalidades para atropellar a los medios de comunicación críticos; valiéndose de figuras irrelevantes para presentar reformas a fin de meter miedo a quienes, en el libre ejercicio de la libertad de expresión, escrutan al poder público.

No; nada de eso. Amparados en el silencio, en las ausencias, en el papel maniqueo que otros lo hacen por ellos desde la justicia, la legislatura, pasean horondos su prepotencia, hasta su impavidez ante problemas graves y necesidades urgentes.

Si fueran autocríticos, la sociedad no asistiera al espectáculo grotesco de ver a alcaldes engrilletados; a otros llamados a comparecer ante el juez pero llevados por la Policía para que respondan por sus desafueros; a otros atornillados en sus cargos pese a tener al dedo acusador sobre sus hombros; a otros, ejerciendo funciones ministeriales con manifiesta negligencia y desconocimiento.

Por eso, el Ecuador está como está. Sobran razones para dolerse de la patria.

REM

REM

REDACCION EL MERCURIO
Últimas Noticias