El presente, caracterizado cada día por una infinidad de nuevos aspectos entre ellos los comunicacionales, nos colocan de frente a formas que en tiempos pasados habrían sido inconcebibles. Una suerte de ruptura del orden cronológico y lineal donde los fragmentos o, mejor dicho, los retazos de cualquier situación o suceso, son utilizados en una hábil mezcla de momentos y perspectivas, casi siempre originadas en las subjetividades de quien se lance a expresarse con toda libertad y audacia. Es el tiempo en el que cualquier persona se manifiesta, en especial por medio de las redes sociales, asumiendo un rol de experto infinito, que a veces horroriza. Aparecen también los que repiten un discurso con el solo fin de desacreditar a alguien, imponiendo una narrativa tergiversada en la que se resaltan aspectos negativos de su oponente o la situación que se viva en el momento. Esta repetición de falsedades que se diseminan de forma viral, con la utilización de falacias, crece a niveles exponenciales. Quizá es la manera de cómo se asegura una audiencia que se enfoque en estos juicios infundados y así, se va creando una historia y, nada cómo una historia para que, se vuelva la comidilla que circule a gran velocidad. Por supuesto con el solo fin de convencer a una sociedad, sin un argumento sólido. La predisposición que tenemos los seres humanos para creer lo malo de alguien, antes que un razonamiento, análisis o recordar no más, es ciertamente triste. Entonces es como hoy llegamos casi a santificar a quienes durante más de una década nos hicieron tanto daño. Qué frágil nuestra memoria y qué fácil resulta dejarnos envenenar. Quienes hemos sufrido esta imposición de narrativas perversas nos preguntamos, cuándo será que estos seres terminen su trabajo de dañar al resto. (O)









