En los últimos años se ha instalado una idea cómoda: todo evento cultural es, por definición, desarrollo. Festivales, ferias, conciertos y agendas repletas suelen presentarse como prueba irrefutable de progreso. Sin embargo, vale la pena hacer una pausa incómoda y preguntarnos si cantidad y desarrollo son realmente sinónimos.
La cultura es indispensable, sí, pero no todo evento cultural tiene impacto real ni sostenido. Muchos se agotan en la foto, en el escenario lleno por unas horas, en la estadística que se presenta sin evaluación posterior. ¿Qué queda cuando se apagan las luces? ¿Qué procesos se fortalecen? ¿Qué públicos se forman? Rara vez estas preguntas entran en el balance.
Confundir movimiento con transformación es un error común. La cultura no debería medirse solo en asistentes, sino en continuidad, acceso y profundidad. Un evento aislado puede entretener, pero difícilmente construye tejido cultural si no dialoga con la ciudad, con sus creadores y con sus audiencias.
La crítica no es contra la cultura, sino contra la falta de evaluación. Celebrar sin medir resultados termina banalizando aquello que se dice defender. Necesitamos menos agendas infladas y más políticas culturales que piensen a largo plazo, que acompañen procesos y no solo inauguren escenarios.
Decirlo no es antipático; es responsable. Porque la cultura merece algo más que aplausos momentáneos: merece sentido, impacto y permanencia. (O)









