Municipalidades, Gobiernos Provinciales y Juntas Parroquiales se han pasado de fiesta en fiesta desde la Navidad. Algunos, mucho antes. Y siguen.
Ahora se viene Carnaval. Cuatro días de feriado, de fandango popular.
Y qué mejor ocasión para que alcaldes, prefectos y juntas parroquiales financien esas fiestas. Desde las “guerras de DJ”, espuma, presentación de artistas de toda índole, hasta conciertos, jueves de compadres, pre pregones, pregones, concursos extravagantes, y todo gratis, ya están a la orden del día.
Los presupuestos avanzan para todo. O los extienden hasta el máximo. En algunos casos, hacen aparecer gastos corrientes como si fueran de inversión.
Todo está a la discreción de quienes están al frente de los pomposamente llamados Gobiernos Autónomos Descentralizado. Sus ingresos, en gran parte dependen del Presupuesto General del Estado.
Por lo tanto, haya o no ingresos suficientes, haya o no recaudado lo previsto, el Estado sabrá dónde saca al dinero para transferirles. Esto no siempre se cumple. Algunos de esos GAD tienen atrasadas varias alícuotas. Reclaman. Razones no les falta.
Pero para financiar las fiestas los recursos no pueden faltar. Mientras más variada y pomposa sea la agenda carnavalesca se será mejor alcalde, prefecto; es decir, populares.
Dicen que con eso se reactiva la economía. En parte sí; en parte no.
La realidad de la ruralidad, por ejemplo en materia vial; la de las zonas urbanas donde siempre hay una necesidad colectiva urgente pasa a segundo plano cuando hay fiestas. Dando circo, la población se desentiende; es más, agradece, aplaude, canta, baila, se embriaga; y si exige atención, aquellas autoridades echan la culpa a “papá Estado”.
Si se aprueba, se les viene la Ley de Sostenibilidad y Eficiencia del Gasto de los GAD, con la cual se busca que los susodichos gasten bien el dinero. Ya es hora.






