
El trayecto hacia Giza avanza entre el caos vibrante de El Cairo. El tráfico impaciente y bullicioso, en una ciudad donde no vi ni un solo semáforo; el polvo suspendido en el aire, los vendedores bajo el sol implacable. Y de pronto, casi sin transición, emergen las pirámides. No como ilustración de libro escolar, sino como presencia física. Monumentales e inapelables.
Y frente a ellas, la Esfinge.
Enorme y silenciosa. Desconcertantemente viva.
Su perfil se alza como un guardián de la historia.
En Giza, los locales enseñan el truco: “Un poco más atrás. Incline la cabeza. Más… ¡Ahí!”
Desde cierto ángulo, la ilusión es perfecta: el beso.
Para lograr la fotografía hay que encontrar la distancia exacta. Ni demasiado cerca, ni demasiado lejos. Tal vez así funciona también la historia: solo con perspectiva entendemos lo que permanece.
En el ejercicio del periodismo internacional, uno aprende que la historia no es abstracta. Se pisa y se respira. A veces se sufre. Empolvarse los zapatos, o mojarse los pies cuando la realidad lo exige, cambia la manera de mirar una piedra milenaria. Tal vez aprendemos a ver el mundo con otros ojos. Y si la Esfinge tuviera ojos reales o labios que hablen, también podría contar tantas cosas: imperios convencidos de su eternidad, conquistas, invasiones, saqueos, restauraciones, generaciones que se creyeron definitivas.
Para un periodista, besar la Esfinge no es solo una imagen turística. Es un recordatorio.
Frente a esa magnitud, la fragilidad humana resulta evidente. Nuestros cuerpos envejecen, nuestras voces se apagan, nuestros nombres pueden diluirse. Y, sin embargo, insistimos en dejar huella. Construimos monumentos, escribimos libros, levantamos ciudades, criamos hijos, defendemos ideas.
La piedra resiste, pero no por invulnerable. Resiste porque representa la aspiración humana de trascender.
La Esfinge es arena tallada por manos antiguas. Pero también es una pregunta abierta al cielo. ¿Qué permanece cuando todo cambia?
Tal vez algo de nosotros siempre se queda. Convertido en polvo de estrellas, como sostienen los físicos al recordar que la materia que nos compone nació en explosiones cósmicas. Puede ser alma inmortal, como afirman las tradiciones espirituales. O puede ser simplemente arena que regresa al Sahara, fundiéndose con el paisaje que un día nos asombró.
Lo cierto es que la humanidad, desde sus primeras civilizaciones, ha actuado como si estuviera hecha para durar.
Quizá la eternidad no sea una promesa distante, sino la huella que dejamos en el tiempo que tocamos.






