Si la educación es un derecho, ¿por qué los profesores, padres de familia y estudiantes tienen que estar mendigando dignidad?
No es justo que el Ministerio de Educación no dé respuesta al clamor de algunas instituciones educativas. La realidad de escuelas y colegios del sector urbano y rural es alarmante, poco falta para que se desplomen.
No hay política pública clara, asignaciones económicas y el interés y compromiso de cumplir con los mandantes. La gestión educativa del actual gobierno evidencia serias limitaciones. No escucha el clamor de la gente, no empatiza.
El dinero gastado en publicidad y noticias pagadas debería asignarse a necesidades educativas, seguridad y salud, como ejes prioritarios.
Tengo la impresión de que al Gobierno Nacional no le interesa invertir en educación. Tal vez aquello que advertía el pedagogo brasileño Paulo Freire, nos esté aconteciendo. Una educación que somete y no exige pensamiento crítico. Tampoco demuestra interés en impulsar políticas educativas que promuevan pensamiento crítico y movilidad social. Es evidente la ausencia.
¿Cómo avanzar si no hay infraestructura adecuada, pizarrones decentes, áreas pedagógicas, laboratorios, profesores capacitados, libros actualizados?
A esto se suma la falta de recursos para sostener conserjes y personal de limpieza. Ante su ausencia, son los padres de familia y estudiantes quienes terminan haciendo lo posible para evitar que la infraestructura educativa se deteriore aún más. Pero con simples “manitos de gato” no se puede esconder un abandono que exige respuestas urgentes.
Noticias como la exigencia de atención a la educación no son tendencia, parece que a los medios más les interesa estar tras las broncas políticas muy propias al año previo al proceso electoral.
Nos estaremos acostumbrando o estamos tan anestesiados que ya ni nos importan estos temas trascendentales del Ecuador que avanza al retroceso. La educación debería ser el punto de partida de cualquier proyecto de país. Hoy parece condenada a sobrevivir entre carencias y promesas incumplidas.
Si seguimos normalizando el abandono de nuestras escuelas, terminaremos confirmando aquello que ya advirtió Gabriel García Márquez en su célebre obra Crónica de una muerte anunciada: una tragedia que todos ven, pero que nadie decide evitar. (O)










