Hace un par de semanas salimos a cenar con unos amigos de la comunidad de extranjeros de San Francisco en Cuenca.
En el grupo hay un señor inglés, de alrededor de ochenta años. Un hombre que se levanta de la silla cuando una dama se acerca, que halaga con naturalidad, que habla suave y pausado, y que, sin imponer, logra que uno quiera escuchar cada palabra de su conversación, siempre culta, siempre interesante.
Y no es porque sea inglés, ni por su edad. Es, simplemente, porque ha elegido mantenerse elegante en sus modales… y en una educación que no ha dejado de cultivar.
Mientras cenábamos, pensé también en algo que aún sobrevive en muchos rincones de Latinoamérica: el saludo. Un “buenos días” que reconoce al otro, aunque no se le conozca. Y eso, en estos tiempos, ya es mucho decir.
Tal vez no es que hayamos perdido la educación, sino que la hemos ido dejando de lado en lo cotidiano. En los pequeños gestos: ceder el paso, pedir permiso, no irrumpir en el espacio del otro, ayudar a alguien a cruzar la calle, respetar al peatón.
Porque no se trata solo de normas, sino de convivencia.
La educación vial, por ejemplo, dice mucho más de una sociedad de lo que parece. No es solo conducir bien. Es saber detenerse, dar el paso, no invadir, no empujar. Es entender que el otro también importa, incluso cuando no lo conocemos.
Y, sin embargo, en muchos lugares se transita más con prisa que con consideración. A veces a la defensiva, otras a la ofensiva. Y, poco a poco, esa forma de moverse se vuelve costumbre.
Quizá no se trata únicamente de leyes o reglamentos, sino de hábitos. De esa idea silenciosa de que, si el otro no lo hace, yo tampoco. O de que siempre habrá alguien dispuesto a adelantarse, a imponerse, a no ceder.
Y mientras tanto, el mundo sigue avanzando.
Hoy tenemos más acceso al conocimiento que nunca. Ya no solo está al alcance de la mano… está, literalmente, en la mano.
Un teléfono puede ser una biblioteca, una sala de conciertos, una universidad abierta a cualquier hora.
Y, aun así, muchas veces elegimos otra cosa.
No se trata de cuestionar el entretenimiento ni de rechazar los nuevos tiempos. Reír, distraerse o incluso jugar con la imagen que proyectamos tiene su lugar. Pero resulta inevitable notar que, teniendo tantas herramientas para aprender y cultivarnos, con frecuencia preferimos lo inmediato… lo ligero… lo que no exige.
Incluso la inteligencia artificial, hoy al alcance de cualquiera, se utiliza en gran medida para crear contenido efímero o entretener. Y, sin embargo, también puede ser un espacio de conversación, de reflexión o de aprendizaje.
No es una crítica. Es una posibilidad que sigue ahí, esperando ser elegida.
Porque la educación, los buenos modales y la cultura dejaron de ser un privilegio hace mucho tiempo. Hoy son, más que nunca, una elección.
Una elección que se refleja en lo cotidiano. En cómo pedimos algo, en cómo nos movemos entre otros, en cómo convivimos en espacios compartidos. En esos pequeños actos que, aunque parezcan mínimos, terminan definiendo el tono de una sociedad: desde ceder el paso o pedir permiso, hasta saber que el volumen de nuestra música, o la forma en que hablamos, también forma parte del respeto hacia quienes nos rodean.
No es un asunto de etiqueta.
Es un asunto de consideración.
Esa noche continué la conversación y me llevé algo más que una cena agradable: la certeza de que todavía hay personas que, como el señor Peter, han decidido no dejar de cultivarse, no dejar de elegirse… y no perder la elegancia.
Y tal vez ahí está la clave. No en lo que el mundo ha perdido…sino en lo que cada uno decide conservar y lo que hace grandes a muchas sociedades.
En elegir no perder la elegancia.












