Hace poco que lo entiendo… sí, la diferencia entre estas emociones (llamémoslas así), digamos que el ingrediente base es el mismo, pero el arte está en la regulación, en su manejo. Para explicarlo mejor, la euforia es una alegría en exceso, que, viéndola así, no nos resulta alarmante ni negativa, ¡pero sí lo es!, y lo es porque no es sostenible ni duradera, producida por picos de dopamina que nos llevan a querer cada vez más, y entonces la búsqueda de sensaciones, experiencias, emociones intensas se vuelve igual de riesgosa que cualquier adicción.
Siempre pensaba que la emoción más peligrosa es la ira, pues un momento de ira descontrolada puede llevarnos a decir e incluso a hacer algo de lo cual nos arrepintamos ¡toda la vida!, pero parece ser que con la euforia pasa algo similar, de pronto, somos capturados por esta emoción y perdemos el control, la conciencia de nuestros actos.
El otro lado de la medalla, el entusiasmo: “la alegría regulada”, ¡maravillosa! Eleva nuestro nivel de energía, la mantiene estable; una vida con entusiasmo es una vida llena de motivación, al contrario, una vida controlada por picos de euforia es bastante peligrosa, es una vida que se nos ha ido de las manos…
Ahora esta regulación de nuestras emociones, ¡todas!, no es un aprendizaje que se dé de forma fortuita, o patrimonio de unos pocos buscadores de crecimiento y estabilidad personal; es una necesidad urgente en nuestras sociedades, algo que se debe enseñar desde los hogares y escuelas, observar nuestras emociones como observamos números y letras, aprender a conjugarlas; a sumar y restar, dividir y multiplicar nuestro mundo emocional. (O)








