Recuerdos y gratitud sin fronteras

A veces miramos con recelo los aniversarios y las fechas conmemorativas porque pensamos que nacieron para alimentar el comercio o distraernos de lo esencial. Sin embargo, cuando las contemplamos con serenidad, descubrimos que pueden convertirse en pausas luminosas en el camino de la vida: momentos para recordar, agradecer y reencontrarnos con aquello que verdaderamente nos sostiene.

Por ello, las celebraciones dedicadas a las madres y a los padres, en mayo y junio respectivamente, deberían invitarnos a algo más profundo que una simple felicitación. Son ocasiones para volver la mirada hacia quienes nos dieron la vida, hacia quienes nos enseñaron a habitar el mundo con dignidad y esperanza. Y si ellos ya han partido, cumpliendo el misterio de su tránsito hacia la eternidad, elevemos una oración agradecida por sus almas y permitamos que su recuerdo siga iluminando nuestros días.

Los padres, junto a la amorosa compañía de las madres, nos enseñaron a mantener los pies firmes sobre la tierra; a respetar al prójimo; a encontrar en el trabajo una expresión de dignidad y de honra; y a confiar en Dios cuando la incertidumbre parecía nublar el horizonte. Sus enseñanzas no siempre llegaron con discursos o palabras, se manifestaron en sus actos cotidianos, en sus sacrificios silenciosos y en el ejemplo constante de una vida entregada. Así aprendimos que las lecciones más profundas no se dicen: se viven.

Mi padre fue un cristiano convencido y ferviente devoto de la Virgen de Tudul. Hoy vive en los valores que me heredó, en las decisiones que guiaron mi vida y en el amor inmenso que profesó a mi madre. Su último legado fue sencillo y sagrado: «Cuiden a Michi». Luego partió serenamente, como quien ha cumplido su misión. Su ejemplo y su recuerdo permanecen para siempre en nuestros corazones.

Lo amé, lo respeté y, con el tiempo, entendí que su existencia no me pertenecía; era un regalo, una enseñanza y una responsabilidad. Su vida fue un libro escrito sin pretensiones, cuyas páginas continúo leyendo cada día. Y ahora, cuando mis propios pasos avanzan hacia su encuentro, descubro que la luz que recibí de él sigue encendida en mis hijos.

Quizá esa sea una de las verdades más hermosas de la condición humana: nadie muere del todo mientras permanezca vivo en la memoria agradecida de quienes continúan su camino. Los padres se marchan físicamente, pero dejan en nosotros algo de su alma, de sus sueños y de su manera de mirar el mundo.

¡Recuerdos y gratitud sin fronteras para mi padre y para los vuestros!  (O)

Dr. Edgar Pesántez

Dr. Edgar Pesántez

Médico-Cirujano. Licenciatura en Ciencias de la Información y Comunicación Social y en Lengua y Literatura. Maestría en Educomunicación y Estudios Culturales y doctorado en Estudios Latinoamericanos.