La expresión “criptodictador”, utilizada por el expresidente Osvaldo Hurtado para referirse a Daniel Noboa, puede parecer excesiva, pero obliga a mirar más allá de las formas. Hurtado advierte sobre un poder que conserva la apariencia democrática mientras debilita la independencia institucional al reducir el espacio de sus adversarios. El oficialismo rechaza esa lectura; sin embargo, una democracia no se defiende únicamente recordando que el presidente fue elegido en las urnas.
El reciente informe del Electoral Integrity Project, una evaluación académica que compara y analiza las condiciones electorales a nivel mundial, ayuda a comprender la advertencia. El deterioro democrático no comienza necesariamente con el fraude en el conteo de votos. Puede ocurrir antes, cuando se modifican calendarios, se excluyen organizaciones, se judicializan candidaturas, se utilizan recursos públicos para posicionar aspirantes o el temor desalienta la participación. Una elección puede estar técnicamente bien organizada y, aun así, desarrollarse sobre un terreno desigual. Eso es precisamente lo que una comisión académica observaría en el actual proceso seccional de 2026. Ya en 2025 el Ecuador dio señales de alerta y, como resultado, el país sufrió un retroceso con un puntaje de 43/100. El más bajo desde en la historia de este Proyecto.
Esta claro que, ante estas evidencias, más importante que discutir el calificativo empleado por Hurtado es examinar las condiciones que lo hicieron posible. El Gobierno tiene la oportunidad de desmentirlo no mediante respuestas coordinadas por sus Asambleístas en redes sociales, sino garantizando independencia institucional, pluralismo y competencia efectiva. Una democracia comienza a deteriorarse cuando el poder deja de aceptar límites; pero también cuando la sociedad normaliza que algunos puedan participar y otros deban defender primero su derecho a llegar a la papeleta.










