De camino a las cataratas del Niágara, destino estrella de sus vacaciones, Sibila y Juliana, envían hermosas fotografías de su travesía y, desde luego, una intensa fotografía de la Luna plateando el cielo neoyorquino, que es como una orden para aflorar recuerdos, y llegan a flor de labios, de “Balada y variación contra el olvido” de Rubén, estos versos: “La luna que esta noche alumbra/ nuestros/ pasos mañana, al/ otro lado de la tierra/ los pasos de quién alumbrará/”, escritos en un lejano verano de Beijing.
Herederos de una cultura ancestral que, como ceremonial y dilucidación de misterios celestes, sacraliza la tradición amauta de buscar en la profundidad del cielo nocturno códigos y mensajes, aprendimos a mirar el cielo y disfrutar de una noche estrellada y la apoteosis de una luna llena. Así, desde la loma del Tasqui con mis hermanos, en una lejana infancia, compartimos el silencio de mirar a la luna caminando en su cielo o reflejada en la laguna entre totorales, sombras y zuros; como debieron hacer los amautas de esta tierra desde cerros y lagunas del cordón de Santuarios Andinos de Altura que rodea nuestro valle ancestral; desde las piscinas ceremoniales de Tulipe en Nanegalito ruta Calacalí la Independencia; como hacía Hernán Cabrera desde el observatorio de Shabalula en Sígsig, junto al amauta esculpido en roca, mirando al firmamento; o como los fantasiosos nativos americanos del norte que, mes a mes, lo llamaron por perpetuar tradiciones, por asombro o espiritualidad: Luna del Lobo, Luna de Nieve, luna del Gusano, Luna Rosada, Luna de Flores, Luna Fresa, en fin y, Luna del Ciervo, a la misma luna que el 29 de Julio iluminó el cielo de aquí y de allá y más allá.
“La luna/ es una/ llaga blanca y divina/ en el corazón hondo de la noche…”, decía el poeta Arturo Borja en su “Primavera mística y lunar”, porque, ¿qué sensibilidad humana no sucumbe a la fascinación de una Luna llena? Definitivamente una noche de luna es una invitación a contemplarla, lástima que la vida citadina, la tecnología y las redes pueden más y la luna espera y seguirá esperando encontrarse con la tierna mirada de una niña, de una madre amorosa, de un abuelo querendón, de un adulto cansado o un adolescente indiferente. Celebro la fotografía de la Luna neoyorquina que me llevó a vagar por los recuerdos. (O)










