El goce de la vida cubre muchos aspectos: gozar de nosotros mismos, de la vida hogareña, de los árboles, flores, nubes, ríos serpenteantes, cataratas bullentes y mil cosas de la naturaleza. Gozar también de la poesía, el arte, la contemplación, la amistad, el diálogo y la lectura, que son todas, en una u otra forma la comunión de los espíritus.
En la vida hay cosas obvias, como el goce de la comida, de una alegre fiesta, una reunión familiar, o un paseo en un hermoso día, y cosas menos obvias; como el goce de la poesía, el arte y la contemplación.
Me ha sido imposible calificar de material o espiritual a estas dos clases de goce; primero, porque no creo en esta distinción, y segundo porque me pierdo cada vez que procedo a hacer esta clasificación.
¿Cómo puedo llamar, a una alegre fiesta en la ciudad o en el campo de hombres y mujeres, de ancianos y niños? ¿qué parte de sus placeres es material y qué parte es espiritual? Veo a un niño que retoza sobre el césped, u otro que hace una cadena de margaritas, a la madre que va a comer un sándwich, al tío de la familia que muerde una manzana roja y jugosa, al padre tendido en el suelo y mirando las nubes plácidas, y al abuelo que fuma su pipa. Probablemente, alguien toca una guitarra, y a pesar del trueno lejano de las olas distantes llega el sonido de la música. ¿Cuál de estos placeres es material y cuál es espiritual?
Creo que, la razón de vivir, es gozar verdaderamente la vida, este objeto o propósito de la vida consistente en su goce verdadero, no es tanto un propósito consciente, como una actitud natural hacia la vida humana.
La interrogante que afrontan todos los hombres nacidos en este mundo, no es cuál debe ser su propósito, qué debe tratar de lograr, sino, apenas, qué hacer con la vida que se le da por un período determinado de existencia.
Sobre la cuestión de lo que debe ser el propósito de la vida humana, cada ser humano proyecta sus propios conceptos y su propia escala de valores. Esta es la razón por la que disputamos sobre ella, porque nuestra escala de valores, difiere una de otra.
Muchos hombres sabios advierten, que los deseos de buen éxito, fama y riqueza, son nombres eufemísticos de los temores de fracaso, pobreza y oscuridad, y que estos temores dominan nuestras vidas.
Si los hombres no alcanzan a gozar esta existencia terrena, bajo un marco de ética, moral, libertad y justicia, no aman suficientemente a la vida, y permiten que ésta se convierta en una monótona existencia rutinaria. (O)









