Nunca he comprado algo realmente caro sin comparar precios o pensarlo dos veces. En cambio, llevo años pagando pequeñas cantidades por aplicaciones que ya ni recuerdo haber descargado. Hay débitos automáticos que parecen tener residencia permanente en mi tarjeta de crédito, y seguirán allí hasta que los cancele… o hasta la muerte del titular.
Existe un fenómeno conocido como “Peanuts Effect”, o efecto de los pocos centavos, que describe nuestra tendencia a ser racionales cuando se trata de grandes cantidades de dinero y menos cuidadosos con las pequeñas. Un viaje lo planificamos. Un automóvil lo pensamos dos veces. Pero cinco dólares aquí, nueve noventa y nueve allá, tres con cincuenta por acá… esos no cuentan. O eso creemos.
Cuando el monto parece insignificante, también parece desaparecer la necesidad de decidir. No es que optemos conscientemente por gastar; simplemente dejamos de prestar atención. Y, el mercado conoce muy bien ese punto ciego. Suscripciones mensuales, aplicaciones de productividad, plataformas de entretenimiento, servicios que cuestan menos que un café: todo está diseñado para situarse justo por debajo del umbral en el que sentimos que vale la pena detenernos a hacer cuentas. El precio que no duele suele ser también el precio que no revisamos.
En mi caso, la colección es variada: yoga, pilates, nutrición, meditación, tai-chi… Todas prometían acercarme a esa versión disciplinada de mí misma que sigo convencida de que existe en algún lugar. Por otro lado, no fumo, pero los chicles podrían convertirse en una partida presupuestaria independiente.
Al final, la trampa no está solo en esos pocos dólares que se escapan cada mes. Está en la facilidad con la que dejamos de mirar aquello que consideramos insignificante. (O)
@ceciliaugalde








