La paradoja de Sartre: estamos condenados a ser libres, conjuga, desde el concepto de asunción, la responsabilidad radical (subrayado y con negrita) de apropiarnos de nuestra propia situación.
Sostiene Sartre que nuestra naturaleza se esculpe mediante cada elección dentro de nuestros marcos de factibilidad, donde la factibilidad refiere la combinación del acumulado (nuestro pasado), el cuerpo actual y el marco o contexto histórico, dotado de sentido desde la conciencia; es decir, reconocer que cada individuo decide qué actitud adoptar frente a sus situaciones y la libertad no es la ausencia de límites, sino nuestra propia postura ontológica (forma en concebimos la naturaleza de la realidad y la existencia) ante ellos.
Nadie elige el escenario donde empieza su historia; todos empezamos desde un cuerpo, un tiempo y una red de contingencias no solicitadas, ni tan siquiera consultadas; sin embargo, entre lo dado y lo actuado, la ética sartreana (coincidente con la ética estoica) nos convoca al deber de asumir las circunstancias, desde la doctrina de la dicotomía del control: discernir entre lo que depende de nosotros (juicios, volición) y lo que no (cuerpo, fortuna). Aquí estoicismo y existencialismo rechazan el victimismo y exigen una apropiación consciente del presente, proponiendo que el peso de la realidad no se construye, exclusivamente, sobre el hecho concreto; sino desde su lectura y el compromiso que asumimos frente a él.
Este diálogo implica, desde la perspectiva de lo estoico, que asimilar la situación exige alinearse con la Razón Universal o Logos, aceptando el orden natural con serenidad. Sartre, en cambio, desemboca en una angustia inevitable: la certeza de que somos los únicos autores de nuestras normas morales, sin excusas ni amparos metafísicos.
La intersección entre Sartre y el estoicismo parte de la bifurcación donde el estoicismo brinda una coraza de ecuanimidad mediante el autodominio del juicio; y, Sartre extiende un imperativo de responsabilidad absoluta sobre nuestros actos. Estoicismo y existencialismo demuestran que, aun cuando no gobernemos los eventos del mundo, la dignidad humana estriba en rehusar el papel de víctimas pasivas. (O)




