Hoy quiero tomar prestada la voz del gran Pedro Saad para recordar un hecho luctuoso: diciembre de 1894. China y Japón libraban una cruenta guerra por el control del Pacífico. En ese contexto, Japón decide comprarle a Chile un crucero de guerra llamado “Esmeralda”, lo cual la neutralidad chilena hacía imposible. ¿La solución? Chile simularía venderle el buque a Ecuador para que este, a su vez, aparente vendérselo a Japón. Como resultado, Chile recibiría el valor del navío y Ecuador, 4.000 libras esterlinas. Ese fue el vil precio al que se vendió el pabellón nacional.
Desde luego, no sería el Estado quien recibiría el infame soborno, sino el expresidente José María Plácido Caamaño, uno de los políticos más corruptos y oscuros de nuestra historia, quien entonces actuaba como gobernador del Guayas. Lo hizo amparado en la cómplice debilidad del presidente Luis Cordero, gigante poeta e inexperto político, que vivía preso en las redes de la oligarquía guayaquileña, bautizada por el pueblo como “La Argolla”.
¿Cómo ocurrió la afrenta? El contrato se firmó en Nueva York en noviembre. Pocos días después, mientras el buque navegaba con nuestra bandera rumbo a Japón para concretar lo negociado, un grupo de periodistas, patriotas de cepa, se encargó de filtrarlo. Caamaño, desesperado por no perder su infame comisión, solicita que la recepción del “Esmeralda” se realice en Galápagos y no en Yokohama como estaba previsto. ¡Le quemaban las manos!
Pero era tarde. El 7 de diciembre todos los periódicos hablaban de lo mismo. La prensa ecuatoriana, ese cuarto poder (tal vez el último que le queda al pueblo), puso la infamia en primera plana y le dio un nombre: “La venta de la bandera”. Los sucesos se precipitan. El pueblo, sintiendo el puñal enterrado, se lanza a las calles al grito de: “¡Abajo los conservadores! ¡Viva Alfaro Carajo!”. Durante mucho tiempo toleraron el descaro de los famosos “Gran Cacao”, pero esta vez se metieron con la bandera nacional y el pueblo dijo: “¡Basta!”. Había un solo camino para recuperar la dignidad y la decencia, y ese camino tenía nombre y apellido: Eloy Alfaro.
Pero esa historia, esa maravillosa historia, es para otro día… (O)
@andresugaldev





