A finales del siglo XV, y en pleno oscurantismo europeo, nacía una infame institución bajo el nombre de “Tribunal del Santo Oficio”, que la historia recordaría con un nombre más sencillo y siniestro: la Inquisición. Organismo creado por el Papa Sixto IV con el objetivo de perseguir la herejía, es decir, todo aquello que pretenda cuestionar la doctrina de la iglesia. Época de terror: todos eran sospechosos. Un simple comentario, un libro prohibido, el acto más sencillo podían encender la hoguera, donde ardieron Giordano Bruno, por defender la infinitud del universo, o Juana de Arco, por “vestir ropas de hombre”.
Con los años, la Iglesia proscribió al perverso tribunal que, sin embargo, se quedó en algún rincón de la memoria e impregnó nuestros códigos de conducta y nuestras instituciones. Pronto, la iglesia pasaría la posta a los gobiernos y el fanatismo religioso se trocaría en fanatismo político. Incontables dictaduras asolaron los siglos XIX y XX en nombre “del partido”, mientras la hoguera mutaba en patíbulo y pelotón de fusilamiento.
Hoy, todo esto forma parte del pasado y el mundo, en su gran mayoría, celebra la diversidad humana. Sin embargo, de tanto en tanto, el espíritu de Torquemada resurge en el fenómeno mediático de las redes sociales: basta una imprudencia y una cámara de celular para convertirse en tendencia y la turba se agrupe, ya no apiñada en la plaza para apedrear al condenado junto a los leños ardiendo, sino desde una pantalla y con la ofensa lanzada desde el cobarde anonimato de las cuentas falsas.
Ciertamente, esas cámaras, en manos de ciudadanos, también han servido a la justicia. En un país donde la corrupción vive en impunidad, las redes sociales también han permitido la denuncia ciudadana y han dado voz a la indignación popular. El problema está en el momento en que pasamos de la denuncia al corrupto a la lapidación del inocente, al linchamiento mediático que puede, en pocas horas, destruir una vida. Los ejemplos sobran: un paso en falso será suficiente para que información delicada, momentos íntimos, detalles personales suban a ese universo paralelo en el que se quedarán para siempre. Porque Internet… Internet nunca olvida… (O)
@andresugaldev





