Sí, juro…

En estos días, los actos de proclamación de abanderados y cuadros de honor vuelven a reunir a estudiantes y familias alrededor de una de las tradiciones cívicas más arraigadas de nuestras instituciones educativas. La bandera, como otros símbolos patrios, fue indispensable para construir una identidad común en una época en la que defender el territorio y aquella línea imaginaria que llamamos frontera podía significar la diferencia entre existir o desaparecer como nación. De allí provienen buena parte de los conceptos de lealtad, soberanía e independencia que acompañan estos actos. Sin embargo, mientras los jóvenes continúan pronunciando el mismo “sí, juro”, el significado de aquello que prometen defender necesariamente ha cambiado.

Los enemigos ya no están únicamente al otro lado de la frontera. El narcotráfico, el lavado de activos, la corrupción y la delincuencia organizada desbordan los límites territoriales y obligan a entender la soberanía de una manera distinta. No ha perdido importancia, pero resulta insuficiente cuando los problemas son compartidos y requieren cooperación entre Estados. Al mismo tiempo, el escenario internacional recuerda que las relaciones de poder siguen marcadas por profundas asimetrías. La vieja advertencia de Tucídides, según la cual los fuertes hacen lo que su poder les permite mientras los débiles soportan lo que deben, conserva una incómoda actualidad. En ese escenario, una bandera puede condensar nuestra identidad, pero por sí sola no garantiza independencia, ni una convivencia democrática.

Por eso, quizá el tradicional juramento exige hoy una reflexión diferente. Defender la patria también debería significar comprometerse con la integridad, el respeto por el otro, la justicia y una convivencia en condiciones equitativas y plurales. Es difícil exigir soberanía hacia afuera si permitimos que la corrupción y la violencia destruyan desde dentro aquello que pretendemos defender. Para los jóvenes que hoy dicen “sí, juro”, la patria no debería limitarse al territorio heredado ni a los colores de una bandera, sino extenderse a una forma cotidiana de entender la vida en comunidad.

REM

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REDACCION EL MERCURIO