A la entrada de la catedral de Cuenca, entre el ir y venir de quienes llegan a rezar o simplemente a admirar, hay un señor que vende velas.
Es no vidente.
Sin embargo, lleva cuarenta años encendiendo pequeñas luces para otros.
Su nombre es Miguel Castillo, tiene setenta años, una voz dulce y bien articulada, y un trato pausado que transmite una serenidad difícil de encontrar. No hay prisa en él ni tampoco queja. Durante décadas ha estado ahí, en el mismo lugar, ofreciendo velas a quienes buscan encender una intención, una oración o un recuerdo y, con ellas, ha sostenido a su familia, no como un gesto ocasional, sino como una forma de vida construida con constancia.
Me cuenta que las cosas han cambiado, que ahora las ventas han bajado porque ya no está permitido encender velas dentro de la catedral, pero lo dice con naturalidad: la gente sigue comprando para llevarlas a casa.
Porque la fe, al parecer, siempre encuentra su camino.
De joven, la Sociedad de No Videntes del Azuay enseñaba a personas como él a ser operadores telefónicos. Era un oficio posible y digno, pero ese tiempo terminó y Miguel, como tantos otros, tuvo que reinventarse.
Eligió las velas.
Le pregunto si alguna vez le han robado y sonríe. Dice que no, que nunca, que los cuencanos son honrados, y lo afirma con una certeza tranquila, sin necesidad de justificar nada. Hay algo profundamente humano en la manera en que se realiza cada transacción: uno le paga, le toma la mano y le dice con claridad: “Le estoy dando un billete de cinco dólares”. No hay prisa ni desconfianza, solamente un pequeño acuerdo basado en la palabra, un gesto simple, pero lleno de significado.
Mientras muchas personas entran a la catedral buscando luz, él permanece afuera sosteniéndola todos los días, aún sin verla.
Pienso entonces que Benjamin Franklin pasó años tratando de comprender aquella fuerza invisible que podía convertirse en luz. Pero hay otra luz que la ciencia no necesita medir, porque no depende de una llama, ni de un filamento, ni siquiera de los ojos para existir.
No toda la luz entra por los ojos. Hay luces que se reconocen de otra manera, en una voz, en la conducta, en la perseverancia, en la forma de tratar a los demás. Y quizá por eso resulta tan paradójico que un hombre que no conoce la luz a través de sus ojos, haya pasado cuarenta años ofreciéndola a los demás.
Es inevitable entonces mirar alrededor. A pocos pasos de él, en la misma entrada de la catedral, hay quienes piden limosna. Cada uno tendrá una historia que no conocemos, una necesidad y circunstancias que no nos corresponde juzgar, pero el contraste está ahí, silencioso, frente a nuestros ojos.
Miguel no pide. Miguel trabaja.
Durante cuarenta años ha hecho lo mismo, con la misma constancia, sosteniendo su vida y la de su familia mediante un gesto sencillo: ofrecer luz. Y esa diferencia, aunque parezca pequeña, lo cambia todo.
Tal vez el tiempo que trabajó como operador telefónico, cuando aún era un veinteañero, le dejó esa voz dulce y modulada. Tal vez aprendió entonces que la voz también puede ser una manera de llegar hasta los demás y que hay cosas que no necesitan ser vistas para poder transmitirse.
Como sus velas, como la confianza que deposita en su gente, como su vida misma.
Miguel nunca ha visto la llama de las velas que vende, pero conoce algo quizá más difícil de explicar: que la luz también puede estar en la dignidad de ganarse la vida, en la confianza depositada en otro, en la perseverancia y en la decisión de levantarse cada mañana para seguir adelante.
Durante cuatro décadas ha vendido pequeñas llamas que no puede ver. Las entrega en las manos de quienes llegan buscando una oración, una esperanza, el recuerdo de alguien o simplemente un poco de consuelo.
Quizá él no pueda contemplar la luz que sale de esas velas, pero ha pasado buena parte de su vida haciendo algo mucho más difícil:
Siendo luz en medio del mundo.












