Hay un tipo de cansancio que no tiene que ver con el trabajo ni con las horas de sueño. Es el cansancio de sostenerse en dos lugares al mismo tiempo: entre lo que uno cree y lo que uno hace. Lo conocemos bien, es ese malestar que aparece cuando decimos que sí cuando queremos decir que no, cuando callamos algo que sabíamos que valía la pena decir, cuando escogemos la comodidad sobre la convicción.
El psicólogo Leon Festinger llamó a esa tensión “disonancia cognitiva”. Ocurre cuando nuestros actos no coinciden con nuestras convicciones, y el resultado no es indiferencia sino malestar, una incomodidad sorda, interna, que persiste aunque la ignoremos. Una manera de aliviar esa tensión es acercar nuestros actos a nuestras convicciones. Cuando logramos hacerlo, algo parece asentarse. Uno se siente más entero; incluso, más liviano.
Todos conocemos la tentación de esperar el momento perfecto, las condiciones ideales, la certeza absoluta. El problema es que esas condiciones casi nunca llegan.
Epicteto, el filósofo estoico, distinguía con claridad entre lo que depende de nosotros y lo que no. Dedicar energía a lo segundo es agotador e inútil. Actuar sobre lo primero, en cambio, puede devolvernos cierta tranquilidad. No porque las circunstancias cambien de inmediato, sino porque uno deja de estar en guerra con uno mismo.
No se trata de gestos heroicos ni de sacrificios épicos. Se trata de algo mucho más sencillo y, paradójicamente, más transformador: un acto pequeño de coherencia. Uno solo. El que está disponible ahora.
Hay una satisfacción silenciosa en reconocernos en nuestros propios actos. No necesita aplausos ni testigos. Es la tranquilidad de mirarnos al espejo y saber que la persona que nos devuelve la mirada actuó como sabía que debía actuar. (O)
@ceciliaugalde










