Durante mucho, demasiado, se pensó que la naturaleza era extraña al ser humano. Primero en una distorsión idealista que hizo que lo real, que el mundo que deviene de lo real, tenga una condición secundaria frente a la idea. El carácter antropocéntrico de la ideación humana, afianzó la separación del hombre, de la naturaleza, ahondando en una racionalidad ocupada por esclarecer las condiciones del yo mientras desaparecía el cuerpo. Lo natural fue opuesto a la cultura y a lo civilizado. Los salvajes vivían en estado natural, esto quería decir que no habían progresado o lo habían hecho muy poco en esa línea de objetivación e instrumentalización de lo natural, cuyo pináculo llega a la industria científica y tecnológica. Y en este extrañamiento, hemos terminado creando las condiciones para la evaporación de la vida. Cerca de 12.000 ojivas nucleares están esperando el momento de su detonación. La tecnología que pudo elevarnos del estado de la mera supervivencia, ha servido para fortalecer como nunca las brutales contradicciones sociales y consolidar la peor crisis en la historia de la humanidad, la crisis ambiental. Ahora, casi frente al abismo, recién comprendemos la importancia de la vida, del cuerpo y de las condiciones que hacen posible la reproducción de la vida, planteadas por las dinámicas de la naturaleza. Ahora vemos lo determinante de lo concreto, de aquello que no controlamos, sus complejidades, y la importancia de sostener los equilibrios, del respeto de aquello que antes era una mera cosa. Ahora que se rompen las éticas abstractas, debemos pasar urgentemente a la ecoética, porque sin nuevos y mejores hábitos, sin renovadas costumbres que legitimen en la práctica una nueva idea de bien levantada sobre la vigencia y necesidad de la vida, de la veneración de la naturaleza, del cuidado del cuerpo, de los afectos, de los otros, de la salud integral; la estamos simplemente perdidos. (O)



