Mi papá y mis abuelos me enseñaron que la misión de un ser humano en esta vida es el servicio, hacer el bien, beneficiar a otros con nuestro trabajo, incluso muchas veces a costa del interés propio o más bien sin pensar en él.
Mis padres y mis mayores me enseñaron que cada centavo del que se dispone hay que ganarlo, hay que poder justificarlo; que se debe ser en extremo escrupuloso con los fondos públicos, que en lo que no es propio no cabe el dispendio.
Mi padre me enseñó a poner de mi bolsillo, a ganarme con trabajo cada centavo de los que nos han pagado, a jamás sacar provecho ni abusar de una condición de poder o superioridad.
Mi padre y mis mayores me enseñaron que “la alabanza en boca propia es vituperio”.
Mi padre me enseñó que la honestidad y hacer el bien no se pregonan, se ejercen. Que para servir siempre hay tiempo, que aunque se tenga poco siempre alcanza para compartir o para dar.
Mi padre me enseñó que el cariño y el respeto se ganan, que son las máximas condecoraciones en la vida.
Mi padre me enseñó que el legado que importa es el buen nombre. (O)




