Todos los aspirantes a alcaldías y prefecturas, aspiran a triunfar en las próximas elecciones. Hasta allí, todo está bien.
Lo que comienza a verse en las diversas plataformas digitales ya es otra cosa. Y es allí donde debe apuntar el ojo crítico de la ciudadanía, de los medios de comunicación, de analistas y de quienes hacen opinión sin apegos ni direccionamientos.
No es tanto que ellos aparezcan en videos, bailando, que canten, gesticulen, tratando de persuadir a la juventud, el segmento poblacional donde está la mayor cantidad de votantes.
Los electores sabrán ubicarlos. Asimilar si lo que hacen es correcto o solo frivolidades. Si se ajusta al nivel de seriedad con el cual debe hacerse política.
Lo que comienza a notarse en la precampaña o campaña anticipada es el baratillo de ofertas, la mayoría demagógicas.
Parte de la estrategia electoral es ofrecer lo que necesita la gente, decirle lo que quiere oír, si es posible hasta prometiéndole lo que no pide.
Esta ha sido, y será, el papel de los candidatos en pos del voto. Confían en la desmemoria popular, hasta en la de los medios de comunicación, que también la padecen; en la desconfianza que tiene respecto de aquél que, en anteriores elecciones, prometió pero no cumplió.
Ahora, tal parece que aprovechan la Inteligencia Artificial u otros mecanismos tecnológicos para difundir maquetas, planos, diseños, de obras monumentales, que aspiran a construir.
Pero, ¿con qué presupuesto cuentan? Esas obras, ¿están en el ámbito de sus competencias? ¿Conocen la realidad financiera de la entidad que aspiran dirigir; sus deudas, su capacidad de endeudamiento, su gasto corriente? Las maravillas que ofrecen, ¿constan en sus planes de trabajo, únicamente por los cuales, si ganan, deberán rendir cuentas?
Intolerancia a la demagogia, a la pretensión de aparecer como “inmaculados”, deben ser las armas de los electores para evitar ser engañados.










