Para los incas, el agua formó parte de un modelo de cosmovisión andina. Fue vital para la labranza y para obtener un mayor rendimiento de los cultivos, así como para sus pueblos. El agua fue considerada un elemento imprescindible para el hombre, los animales y sus cultivos. Fue un símbolo mediador entre lo terrenal y lo sobrenatural. Cres Lou considera que el hombre aprendió a dialogar con el agua.
La relación del agua con la tierra explica su origen. El agua es una fuerza vital y generativa que se vincula con Viracocha, el dios creador. También se relaciona con los mitos de origen de sus pueblos y se une con la Madre Tierra. El agua se asocia con la Vía Láctea, elementos que mantenían un equilibrio cosmológico. En el agua gira y fluye el mismo universo.
El cronista fray Martín, sobre el mito de origen en medio de un diluvio, narra: «Varias y diversas cosas y graciosas fábulas cuentan los indios del aparecimiento de los primeros incas y de la manera con que entraron en la ciudad del Cuzco y conquistaron y poblaron… La más general y común opinión y más recibida entre ellos es que el primer Inca se llamó Manco Cápac». Estas y otras narraciones se vinculan con el agua, el lago Titicaca y la Vía Láctea.
El flujo cosmológico y este mito del agua y la tierra tienen una importancia vital y una relación muy estrecha con el mundo celeste. Los ritos celebrados por los incas muestran, a través de unas y otras narraciones, el ciclo de su cosmovisión, que ofrece una dinámica total.
Si este mundo es Hanan Pacha y en él se confunden el pasado y el futuro, sugiere una idea renovable del universo y una visión de lo alto y lo bajo. También muestra los nexos de una realidad de eterna fertilidad. El agua tiene el sentido de un flujo cíclico de energía constante. El agua que surge del cielo se convierte en ríos y luego insemina la tierra, que crea vida y genera fertilidad.








