La Corte y el Trono

En las monarquías absolutas, el rey concentraba el poder e invocaba a Dios para legitimarlo. Hoy, las derechas fascistas latinoamericanas conservan las urnas, y proponen gobernar sin contrapesos con instituciones obedientes y oposición acorralada.

La persecución política, las prisiones por disentir y la criminalización de quienes defienden el agua y los territorios revelan esa tentación monárquica. Cuando protestar se convierte en delito y la justicia en castigo al adversario, la ciudadanía queda reducida a súbdita.

La eventual llegada de la extrema derecha al poder en Brasil amenaza con ampliar esa corte regional. Quienes se imaginan monarcas en casa terminan como bufones del rey mayor, que dijo haber sido salvado por Dios para engrandecer a su país. Nuestros pueblos no tienen por qué pagar esa prepotencia.

Desde la crítica de Bolívar Echeverría, la soberanía implica que la sociedad decida cómo vivir. Cuando esa capacidad se subordina al capital y a poderes ajenos, la democracia se vacía.

Perdemos soberanía al obedecer, dignidad al celebrar la persecución e identidad al renunciar a construir un destino propio. Defender a quienes son criminalizados es defender nuestro derecho a disentir. América Latina merece gobiernos que rindan cuentas. La democracia empieza donde termina la obediencia al trono. (O)

mi.cordero@sendas.org.ec

Lcda. María Isabel Cordero

Lcda. María Isabel Cordero