Leyendo las lecciones sobre Hegel de Alexandre Kojève entendí que la sabiduría es lo opuesto a la filosofía, porque aquella persona que llega a la sabiduría no es sino quien se ha realizado plenamente y está conforme con lo que es. No quiere nada más, no necesita avanzar, ha culminado. Es sabio, pues puede responder a cualquier pregunta sobre sí, lo que es igual a poder responder cualquier pregunta sobre el mundo. Ha llegado a comprender la totalidad. En oposición al filósofo (el que se considera amigo de la sabiduría), que ha emprendido el camino de la autoconciencia, pero se reconoce a sí mismo como inacabado, ignorante e incompleto. Sabe que no puede responder a todas las preguntas, de tal manera que no está satisfecho con lo que es, y requiere avanzar, autocompletarse, y lo hace a través de la negación y superación de sí mismo. El filósofo no es, deviene. Entre el filósofo y el sabio hay un abismo, pero también una relación dialéctica. La filosofía reconoce su propia insuficiencia, pero aspira a la sabiduría, que, por otro lado, la sabe imposible o por lo menos, fuera del plano humano, si acaso, en el plano de las ideas, en la divinidad. Por eso el filósofo tendrá dos opciones, o convertirse en un Theóphilos (que ama, que aspira a Dios), o convertirse en un philózōos (que ama la vida) en toda su complejidad y contradicción. Esta última posición sin duda nos conecta con los planteamientos de Nietszche y su perspectiva del AMOR FATI, ese amor al destino que trae consigo la afirmación de la vida. (O)









