Los viejos, incluidos los mayores, recordamos aún consignas, propósitos y deseos que rondaron en torno a nuestra niñez y juventud. Tuvimos padres que conocían mucho de su oficio: sabían, por ejemplo, que ver nacer a sus hijos no solamente era motivo de regocijo familiar, pues tenían muy claro que en ese momento nacía una responsabilidad impostergable: formar a su descendencia dentro de las normas y códigos familiares.
La usanza descrita explica el mantenimiento de costumbres y maneras de proceder entre generaciones, con los cambios necesarios que los avatares de la historia dictaban y eran motivo de análisis y valoración.
¿Qué nos pasó y aún nos está pasando en estos años? El tema rebasa el espacio destinado para esta columna porque no se trata de un problema pueblerino o citadino, solamente. Se trata de una debacle global con acentuaciones de diversa índole.
G. Vico, en el siglo diecisiete, intentó darnos una respuesta; pensaba que la humanidad luego de tres o cuatro siglos sufría una crisis de crecimiento, un cansancio global que la precipitaba a un todo o nada hasta encontrar nuevamente, entre escombros, razones para volver a crecer. Es obvio que esta debacle siempre estuvo precedida de los momentos más brillantes de la época que obnubilaron mentes y desquiciaron procedimientos.
Parece ser que estamos empezando a presenciar una locura global, una borrachera universal: los valores dejan de ser tales mientras se ensayan a todo nivel procedimientos desconocidos que arrasan con metas y costumbres vividas.
¿Existe la obligación moral, en cada hogar, de mantener el buen nombre familiar, de custodiarlo como algo preciado y de transmitirlo a la decendencia con la pureza original? Pienso que no. Se ha vuelto una misión imposible la transmisión del buen nombre porque hace mucho que se lo perdió.
¡O tempora, o mores!, exclamó, alguna vez, Marco Tulio Cicerón. (O)






