Entre equinoccio y solsticio, cuando la noche es más larga que el día, la cosecha ha terminado y el frio asedia, caminamos la rendija de las estaciones y perdemos de vista la ancestral sabiduría de la que somos producto.
Solemos descartar, despreciar o evadir el Halloween cualificándolo de frívola expresión mercantil; no obstante, en su matriz histórica se acumula una cosmovisión excepcional: en la cultura celta, el Samhain no era una fiesta de disfraces, sino el fin de un ciclo y la apertura de un portal entre el mundo de los ancestros y el plano de los vivos.
El fuego en la antorcha no decoraba la fachada de lo macabro, sino cumplía con la trascendente tarea de guiar a las almas en su tránsito desde y hacia el inframundo; las viandas dejadas en los protones (hoy dulces que se entregan a puerta) cumplían el papel de alimentar el alma del ancestro que nos visita al abrirse el portal.
La cultura no destruye los mitos: los recicla. Con la expansión de Roma y la adopción de la fe católica como oficial del imperio, la vigilia de All Hallow’s Eve se fijó el 1 de noviembre, para rendir tributo a la memoria de los primeros santos y mártires del cristianismo temprano. Del mismo modo, en las tradiciones andinas la muerte jamás se entendió como la negación de la existencia, sino como la continuidad sagrada que nos ancla a las raíces. Así, el tramo que va del 31 de octubre al 2 de noviembre configura un verdadero portal temporal donde convergen lo utilitario, lo ornamental y lo trascendente.
Dulce o truco, una calabaza instrumentada como figura humanoide con una vela dentro, un disfraz que evoca o convoca la noche como morada de criaturas, mitos y leyendas que nos juntan e invitan a regresar del ciber espacio y volver a hacer comunidad. (O)






