Vivimos en un mundo conflictivo, lleno de inquietudes y de injusticias, en el que el dolor y los duelos atormentadores tienen su estancia; donde habitan las pálidas cuitas y la triste vejez. Un planeta donde frente a unos pocos afortunados con grandes posibilidades, existen millones de personas al margen del progreso que viven en condiciones por muy por debajo del mínimo requerido por la dignidad humana.
Millones de pobres de esta tierra, padecen hambre y soledad, sufren mucho, pero ignoran las causas de sus desdichas, y éstas los convierten en desventuradas criaturas que se debaten entre dos fuerzas: la primera los impulsa hacia arriba, y les muestra lo remoto de la existencia, a través de una nube de sueños; y la segunda, los arrastra hacia la tierra, haciéndoles recorrer el bajo mundo, donde el llanto llena sus ojos y los inunda de temores y hostilidad.
Esta dolorosa realidad hace que el pensamiento me tome en sus alas y me transporte a la cima de la montaña, lugar del nacimiento del trueno y morada de la tempestad violenta, donde el viento y el frío son más dulces que el corazón del hombre; donde se puede mirar el sol de frente y escuchar los cantos del mar, allí podemos percibir la fragancia de las flores transportadas por la brisa juguetona, que llena el alma de afecto, e inspira ansias de volar.
Viviendo en las montañas con el corazón salpicado de frescura, todo lo que se ve y se toca produce hermosos recuerdos, que acompañan dignamente la soledad y el silencio. Una nube solitaria incita pensamientos que trascienden límites; encontrar arroyos que cantan sobre las piedras es como bañar la mente en nieve pura. Con aves y siervos por compañía, el corazón olvida de inmediato sus maquinaciones y emergen de él sentimientos de rectitud e integridad.
El filósofo chino Kong Yi Ming decía: “cuando tengas un sentimiento de alegría, camina tranquilo y sin zapatos sobre el pasto, las aves silvestres olvidarán tus pesares y vendrán a hacerte compañía”.
En la vida del hombre, tanto la felicidad como la tristeza emergen de su mente y de sus pensamientos: Así, dice la doctrina Budista: “La codicia es un fuego devorador, es como un abismo de sufrimiento. Como sumergirse en el mar de la amargura”.
Al entrar en contacto con la naturaleza nuestros corazones se funden con el paisaje de las verdes praderas y de los silenciosos bosques y nos encontramos sentados sobre pétalos caídos, mientras observamos las nubes blancas en el cielo, el sentido del “YO” se va desvaneciendo. Pero cuando regresamos al mundo de la agitación de las grandes ciudades, el hombre no sólo vuelve a relacionarse con las cosas, sino que se convierte en sirviente de ellas.
Aprendamos a buscar la antorcha del amor y del respeto a la naturaleza para purificarnos con su fuego y alejar la inhumanidad de nuestros corazones. (O)






