Cada ciudad posee fisonomía propia. Rasgos que lo distinguen de las otras. O que lo aproximan. En el pálpito de los días se nutre su dinámica, a ratos envolvente, y otras, asfixiante, en una complejidad no menos laberíntica. Y, también de las noches, que nos convoca al misterio de su entorno (“La prosa es lo …











