Los tres mil quinientos metros de altura, rosando el cielo, fatigaban como una argolla apretada al cuello. El frío mordía las carnes frenético y sin tregua. Las pliegas del terreno y los profundos despeñaderos del Pichincha, servían como enormes trincheras para los libertarios y pertrechos y caballos, bestias sobrantes de la conquista española que quedaron …











