Un buen número de personas, en este país, hundido en la corrupción, y en la incapacidad de la gran mayoría de gobernantes, hemos tenido épocas en las cuales estuvimos convencidos de que con tal o cual partido o persona las cosas cambiarían y se comenzaría a caminar por senderos de prosperidad y de honestidad.
Quien escribe estas líneas, para no ir muy lejos, tuvo en su juventud la ilusión de que había un partido y un líder que harían posible ese cambio. Un sueño que algunos creíamos posible. Con bienes y persona me entregue a la empresa y cuando el partido en que confiaba casi ciegamente triunfó tuve la enorme esperanza de que cambiaría la ruta por la que la política y el destino del país habían venido arrastrándose desde siempre.
Lastimosamente no pasó mucho tiempo, días diría, hasta que los optimistas, poquísimos en verdad, pudimos ver y comprobar cuán ilusos habíamos sido, cuan falsas resultaron las promesas.
En la misma forma que siempre los ministros fueron designados según las reglas del amiguísimo, de acuerdo a con cuánto habían aportado en la campaña y su habilidad para trepar en el gobierno y participar en los negociados.
Los legisladores que fueron elegidos gracias a los esfuerzos de unos cuantos ingenuos, entre los cuales me contaba, fueron a hacer lo de siempre, tratar de conseguir posición social, dinero, empleos para sus amigos y familiares ¿Y de legislar en bien del país?… Ni sabían ni les interesaba.
Ahora que el tiempo me ha dado canas y más objetividad comprendo que ser optimista es ser ingenuo. Ya he visto que los legisladores no saben de economía y moral, ni quieren hacer leyes que nos saquen de la crisis espantosa en que vivimos. Los que se cargaron el dinero del Estado viven tranquilos en otros lares esperando que les declaren inocentes o se olviden de ellos y de sus trafasías. Como la fiscalización de la asamblea es corrupta y pésima tuvo que haber igual robo que en épocas pasadas.
Pensar en la posibilidad de un Ecuador digno, grande, honrado y solidario no pasa de ser un optimismo ciego que es incapaz de ver lo qué pasa en nuestra política. Entonces, ¿hay razón y lógica para ser optimistas? Debería ya desentenderme y vivir en paz. Pero no puedo hacerlo… todavía. (O)




