Los que militamos, una vida entera, en el magisterio nacional, es decir, quienes fuimos maestros o, profesores como suele inadecuadamente decirse, lo hicimos por vocación, porque sentimos muy adentro la necesidad de participar aquellos valores que nosotros habíamos recibido y que creíamos que eran indispensables para una persona de bien. La educación, en ese entonces, no consistía tan solo en transvasar conceptos de una mente a otra; aquello que siempre se buscó fue trasmitir valores y vivencias y afianzar los pilares de la familia y la sociedad. Aquello que menciono lo saben en demasía tanto quienes tuvimos en esa época el privilegio y la responsabilidad de educar como quienes hoy, en edad más que adulta, aún recuerdan las diversas instancias que los convirtieron en ciudadanos de bien.
Desde mi atalaya diviso un Ecuador abatido por temporales que arrasan costumbres y leyes de convivencia. Buena parte de la juventud empieza desde muy temprano a transitar senderos de independencia sin brújula y privada de un norte a donde dirigirse. Con dolor vemos surgir liderazgos que exacerban instintos y rehúyen normas de convivencia. A menudo me pregunto qué pasa en los centros educativos. Recuerdo que las autoridades de educación, a nivel nacional, tenían leyes y reglamentos que debían ser observados rigurosamente; no me olvido que cada escuela y cada colegio tenía la responsabilidad de INSTRUIR Y FORMAR a los estudiantes. Las notas globales de conducta y aprovechamiento eran indicadores del comportamiento estudiantil.
Lamentamos con demasiada frecuencia el surgimiento de pandillas juveniles, la presencia de adolescentes en grupos armados y la creación de centros de entrenamiento delictivo para menores de edad. Los educadores sabemos que cada estudiante es un receptáculo fecundo para todo aquello que incentive su vida y compagine con los cánones indispensables de comportamiento. Los adolescentes, desde siempre, fueron espíritus generosos siempre dispuestos a seguir a quienes les ofrecían ser parte de sus vidas para su bienestar.
Miro con pena que tanto ciertos progenitores como el estado se han olvidado de sus obligaciones de formar a la niñez y juventud. Estamos
viendo organizaciones ajenas a un proceso de formación humana que hoy dirigen entrenamientos que concluyen en la creación de pandillas juveniles propensas a toda actividad menos al servicio de la familia y la sociedad. Para concluir señalo que aquello que está por hacerse requiere de espíritus nobles que quieran sacrificarse en aras del bienestar nacional. (O)




