Hay un momento en la vida en el que el mapa que seguíamos ya no sirve. Los caminos que antes parecían seguros se vuelven estrechos, repetidos, y de pronto entendemos que seguir por ahí es avanzar sin sentido, solo porque todos lo hacen o porque los demás lo esperan.
Emerson decía que la confianza en uno mismo es el primer secreto del éxito. La autosuficiencia no es soberbia, sino una forma de honestidad que implica aceptar que lo que nos guía no tiene manual ni coordenadas, y que avanzar muchas veces es un acto de fe.
Cuando ya no podemos fingir que los logros convencionales nos bastan, pero tampoco tenemos aún un norte claro, ocurre algo extraño, el miedo y la libertad se confunden. En ese proceso descubrimos también que no hay edad para empezar de nuevo y que la reinvención no tiene fecha de caducidad. A veces pasa a los veinte, cuando se decide desobedecer la voz familiar del deber; a veces a los cincuenta, cuando uno se atreve a soltar un guion que ya no encaja; a veces más allá de los 70, cuando finalmente se decide perseguir los sueños antes de que sea demasiado tarde.
Reinventarse no es borrar el pasado, sino convertirlo en materia prima, todo lo vivido con aciertos, pérdidas y dudas, se vuelve combustible para una versión más consciente de uno mismo.
Como Seth Godin diría, si hacemos lo que todos hacen, obtendremos lo que todos obtienen. Pero lo que nadie dice es cuánto cuesta hacer algo distinto, y la paz que llega cuando dejamos de competir y empezamos a crear nuestro propio juego.
Quién sabe si es hora de quemar el mapa y caminar sin GPS, con intuición, hacia lo que verdaderamente buscamos. Y con suerte, un día, al mirar atrás, reconocer que no estábamos perdidos, sino que estábamos, al fin, encontrando nuestro propio camino. (O)
@ceciliaugalde






