Los medios de comunicación poseen una fuerte influencia en las audiencias, con mayor peso en la actualidad ante el predominio tecnológico. Aunque al citar el término medios, estamos generalizando, por lo cual cabe puntualizar que la televisión tiene una marcada incidencia social, por encima de la radio y prensa escrita. Bien lo advirtió Ryszard Kapuscinski: “Convertida en una nueva fuente de la historia, la pequeña pantalla del televisor elabora y relata versiones incompetentes y erróneas, que se imponen sin ser contrastadas con fuentes auténticas o documentos originales. Los medios se multiplican a una velocidad mucho mayor que los libros con saberes concretos y sólidos”.
A esto se suman ya acrecientan, las herramientas digitales, quienes mantienen una dinámica particular cotidiana, prevalidos del internet. ¿Qué aspira la gente de los medios? Responsabilidad, seriedad, pluralismo, difusión de los hechos desde el reflejo de la realidad (más allá de las percepciones, discursos, prejuicios y paradigmas). Sin embargo, esto no siempre se cumple a cabalidad en las salas de redacción.
Tal es el caso, que, los medios a tono con la sobrevivencia ante los tentáculos del mercado comparten prácticas discutibles, como la crónica roja, en cuyas interlíneas brota sangre, violencia y sensacionalismo. Desde un lenguaje grotesco se reproduce un subgénero periodístico deformado -en la práctica- a partir de la carencia de eticidad.
Esas limitaciones profesionales también se muestran en las transmisiones deportivas -o para ser más explícito, futbolísticas- en donde el periodista traspasa las fronteras del hincha, con lugares comunes recurrentes y el uso y abuso de un léxico limitado. Comentarios van y vienen desde la pasión antes que desde el raciocinio serio. Se generaliza una narración que reproduce emociones desde el grito destemplado. Abundan los juicios de valor y escasean las estadísticas y las ideas contextualizadas. (O)







