El estado actual de la política global, podría llevarnos a pensar que estamos frente a un cambio radical y que un nuevo orden se ha instaurado de manera definitiva. Es probable que esa conclusión sea la más verosímil en el presente, sin embargo, considero que no todo está dicho, porque la resistencia a esas formas es grande, tanto a nivel interno en el país más poderoso del mundo, los Estados Unidos de Norteamérica, como en la comunidad internacional que funciona cobijada por los principios democráticos y los valores de un humanismo, que alcanzó su más alta expresión discursiva y jurídica, con la Declaración Universal de los Derechos Humanos, en 1948.
El autoritarismo, como forma de actuar, basado en la fuerza económica, científica y militar, es la deriva que ha tomado en Occidente la gestión del presidente Trump, poniendo en entredicho una historia civilizatoria fundamentada en la igualdad, la cooperación, la solidaridad y el imperio de la ley, como ideales orientadores de la convivencia de la humanidad. Esa línea de conducta, la autoritaria, que actualmente conmueve y mueve al mundo democrático, siempre estuvo vigente y lo está en sociedades como la rusa, china o iraní, que nunca fueron ejemplos para nosotros.
Pese a la fuerza actual, que se impone y ejerce a diario y cuyas formas son emuladas en todo el planeta, la resistencia que siempre ha estado presente, busca las maneras para impedir que el autoritarismo que arrasa con toda estructura de convivencia fundamentada en las normas y en el derecho, se instaure de manera definitiva. Es que no es posible que una construcción histórica de tanta trascendencia, la que se basa en ideales y en principios y que alcanzó importante vigencia pragmática, sea destruida por el poder de un individuo y de los grupos económicos a quienes representa.
Muchos no estamos de acuerdo con el imperio de la fuerza. Gente como el que suscribe, sin ningún poder y, gente de otros países, con gran potencial de incidencia en la construcción de la historia mundial.
En nuestro país, no veo que quienes tienen mayor capacidad de resistir, instituciones y organizaciones, lo estén haciendo. Por el contrario, se allanan y hasta se convierten en fervorosos defensores del nuevo autoritarismo. Sí resisten, los ciudadanos, sobre todo los independientes que están movidos por convicciones y principios. Históricamente, aquellos, han sido la simiente de la resistencia y, al final, sus causas han triunfado. ¡No todo está dicho! (O)





