El término “las muñecas de la mafia” no es inocente, no describe, no explica, ni tampoco analiza; decora, y más aún cuando es un rótulo bautizado por un hombre. Bajo una aparente y atractiva etiqueta mediática se esconde una operación simbólica profundamente sexista que convierte el delito en espectáculo y a las mujeres delincuentes en objetos narrativos antes que en sujetas de responsabilidad penal.
Resulta evidente que no se llamaría así a mujeres delincuentes que no encajen en los cánones de belleza hegemónicos, a las consideradas “feas” no se les suaviza el delito ni se les embellece la narrativa, se las presenta como criminales sin matices, sin glamur y sin interés simbólico. En sociedades sensacionalistas y mediáticamente degradadas, la diferencia no es jurídica ni ética, es estética. Este tratamiento desigual evidencia que no es el crimen lo que se narra, sino el cuerpo que lo encarna, confirmando que la valoración social de la mujer —incluso en el delito— sigue condicionada por su apariencia física. Tampoco existe una categoría equivalente para hombres atractivos que delinquen ¿O acaso hemos escuchado hablar de “los muñecos del crimen” o de “los galanes de la mafia”? No, a ellos se los nombra como lo que son: delincuente, criminales, narcos, etc.
En este contexto, la palabra muñeca tampoco es inocente, infantiliza, erotiza y convierte a las mujeres en piezas decorativas del relato criminal, remite a lo inanimado, manipulable y ornamental, reduciéndolas a su apariencia física incluso en actos criminales graves. Así, se deja de hablar del daño, de la violencia y de la corrupción y se empieza a hablar de su cuerpo, su imagen, su glamur e incluso del sexo transaccional —convenientemente insinuado—. Estas narrativas blanquean simbólicamente el delito, romantizan el uso malévolo de la imagen física y formalizan estéticamente la estrategia criminal, volviendo el crimen interesante y consumible.
El problema no es reconocer que algunas mujeres utilizan su imagen como parte de su modus operandi, el problema es cómo se nombra, desde dónde se lo cuenta y con qué carga simbólica. Nombrar no es neutral, nombrar construye sentido. El delito no es bello, no es glamur, no es una muñeca y mientras sigamos contándolo así, seguiremos confundiendo estética con ética, imagen con verdad y machismo con periodismo. (O)




