Durante meses, la relación entre Gustavo Petro y Donald Trump se construyó a golpes de declaraciones incendiarias. Petro habló de una política antidrogas que “no busca frenar la cocina que llega a Estados Unidos, sino dominar a los pueblos del sur”; denunció el racismo estructural que, a su juicio, se esconde tras el discurso migratorio y señaló sin rodeos a Washington por la muerte de civiles en Gaza. Trump respondió con el tono que le es habitual: calificó a Petro de narcotraficante, insinuó acciones militares y colocó a Colombia en el mismo registro de amenaza y sospecha que suele reservar para sus adversarios. Todo parecía anticipar una relación rota, o al menos imposible.
Sin embargo, la política -como la vida- no siempre es coherente con sus propias palabras. La reunión reciente en Washington, reportada por medios de comunicación en todo el mundo, mostró otra escena: dos presidentes que no se insultan, que se sientan, conversan y se retiran sin estridencias. Trump admitió que no son amigos, pero que el encuentro fue cordial. Petro habló de una impresión positiva y defendió el diálogo incluso entre contradictores. No hubo grandes anuncios ni pactos espectaculares, pero sí algo menos visible y quizá más importante: la recuperación de una mínima normalidad diplomática.
Petro -como antes Claudia Sheinbaum frente a las presiones de Washington- ha demostrado que se puede confrontar a un líder poderoso sin arrodillarse, pero también sin clausurar el diálogo. Trump ha replanteado las reglas de la geopolítica con una lógica de amenaza, sanción y fuerza. Frente a ese estilo, América Latina suele oscilar entre el silencio sumiso y la provocación estéril. La visita de Petro a Washington muestra una tercera vía, más compleja y más madura: decir lo que se piensa, sostenerlo con convicción, pero sentarse a hablar cuando el escenario lo exige. No porque se hayan resuelto las diferencias -no lo están-, sino porque la política exterior es un ejercicio permanente de representación.
Al final, la imagen que deja esta visita es la de dos países que entienden que la relación no puede romperse cada vez que chocan las palabras. En tiempos de amenazas y diplomacia convertida en vendetta y espectáculo, esa lección humana y profundamente política no es menor. (O)
@avilanieto





