Este refrán, muy popular entre los venezolanos, es una analogía del noviazgo apasionado entre el correísmo, el chavismo y el mamotreto de Maduro -finalmente preso en los EE.UU.- que se ha mantenido, por más de una década, gracias al flujo de dinero que los creadores de la arepa han dado a manos llenas al prófugo de Correa y a su rebaño de borregos corruptos. Sin plata de por medio para mantener viva la llama del “amor socialista”, esta relación está destinada al fracaso.
Durante la primera campaña presidencial de Correa, Chávez le brindó su apoyo. Seguramente se vio reflejado en aquel candidato que mostraba indicios de ser proclive al soborno y a las malas mañas. Una vez presidente, el prófugo inició la relación inquebrantable y los negocios sucios con el dictador venezolano; tal como el negociado obsceno con PDVSA de la invisible Refinería del Pacífico.
El correísmo se benefició con creces de los millones de dólares que el país vecino enviaba para financiar las campañas presidenciales. Pero hoy, felizmente, este grupo delincuencial está de luto y llora la caída de Maduro y también el fin de su noviazgo. El amor con hambre no dura. Si hay algo que agradecer a Trump, es que su gobierno ya cuenta con información de cómo el chavismo financió al correísmo. Y la cereza del pastel es que el nombre de Rafael Correa se menciona en los archivos desclasificados del pedófilo de Epstein. Es solo cuestión de tiempo que el ratero más grande de la historia del país esté tras las rejas, junto a sus compañeritos.
Por otro lado, luego del allanamiento a la casa de la Rana René que no ha sido de caña como ella mentía, sino de ladrillo y cemento, y de la publicación de una foto suya en pijama que la dejó indignadísima -todos sabemos porqué- para no perder la costumbre arraigada de los correístas, Luisa González, en cualquier intervención pública exhibe sus pésimos modales, lenguaje soez y conducta chabacana.
Y a propósito de chabacanos, esperamos que para el feriado de Carnaval el alcalde ya tenga elaborado un plan de contingencia ante la posibilidad de una invasión de turismo ordinario y maleducado que nos tiene hartos a los cuencanos. Durante esos días es imposible pasearse por el Centro Histórico sin tener la impresión de que se camina por un mercado de la costa.
Recojo las palabras de Zamora cuando, en el contexto de la Marcha por el Agua, dijo al gobierno que “a Cuenca se la respeta”. Lo mismo debe exigir a los que visitan nuestra ciudad. Y si no, mejor que no vengan. (O)




