Nada ha cambiado en la geografía del odio. La historia comienza un 6 de febrero, como hoy, del año 1956. Una joven afroamericana, con nada más que un paquete de libros en las manos, ingresaba al campus de la Universidad de Alabama en medio de una lluvia de insultos y agresiones físicas por parte de una turba de segregacionistas blancos. Había librado una batalla legal para obtener su matrícula; sin embargo, tres días después, la universidad la expulsó. No expulsaron a los agresores; la expulsaron a ella. Y no lo hicieron por ser negra, lo hicieron «por su propia seguridad».
Han pasado 70 largos años desde aquel día, pero la lógica de la discriminación permanece intacta. El drama de Autherine lo viven hoy millones de inmigrantes latinos, mientras aquella turba racista se ha institucionalizado bajo tres siglas que hielan la sangre: ICE (Immigration and Customs Enforcement), obra maestra del odio, organización encargada de sembrar el terror en las comunidades latinas y de hacer que la crueldad parezca un trámite administrativo.
Al igual que en 1956, la narrativa es la del miedo y la seguridad es la coartada. El inmigrante es peligroso; es una amenaza en ciernes para la seguridad nacional, aun si se trata de un niño ecuatoriano de cinco años de edad llamado Liam Conejo. Es peligroso y merece, por tanto, ser brutalmente detenido y enviado a esos centros que, como una broma cruel, llaman “albergues” y, en realidad, son cárceles donde nuestros hermanos se hacinan en condiciones infrahumanas, mientras un presidente se hospeda en New York y bebe champán con el autor del genocidio.
¿Es ese el mismo país de Whitman y Luther King? ¿Aquel país concebido por Benjamín Franklin, Washington y los padres fundadores como la cuna de los libres y el hogar de los valientes? ¿Es el mismo país que se enfrentó al fascismo en la Europa nazi? ¿Es el mismo país que ahora necesita desplegar su fuerza táctica contra un niño de preescolar para sentirse seguro? Sí. Algo se ha roto en el espíritu de esa nación. Pero no durará mucho más. La dignidad es terca. Y la justicia también. Ya lo verán… (O)
@andresugaldev





