A mediados de la semana pasada se hizo público, a través de las redes sociales, un vergonzoso incidente en el cual se vieron involucrados el asambleísta correista Roberto Cuero, su esposa, un hijo de la pareja y una patrulla de la fuerza pública que se encontraba realizando un operativo de seguridad en una de las calles de Guayaquil. La situación se habría iniciado porque los miembros de la fuerza pública, al realizar el control del vehículo que conducía el hijo del asambleísta, habrían detectado que se encontraba sin placas y con vidrios polarizados. No conozco cuales hayan sido las acciones tomadas por los uniformados, lo cierto es que el hijo de Cuero habría llamado por teléfono a su padre para comunicarle la situación, quién llegó al lugar de los hechos, acompañado de su esposa y se armó la zafacoca.
El asambleísta y su esposa agredieron a los uniformados de palabra y de obra, los insultaron, los vejaron, los trataron en los peores términos y con palabras gruesas y procaces, imposibles de repetir por respeto a los amables lectores. ¿En que momento, a esta pareja de ciudadanos, alguien les hizo creer que por tratarse de un asambleísta y su esposa se encontraban o tenían todo el derecho para vejar y agredir a un grupo de funcionarios públicos, léase bien por favor, “funcionarios públicos”, que lo que estaban haciendo es cumplir con su deber, que es lo que les habían ordenado sus superiores? Y es que las actitudes violentas, agresivas, de varios miembros del movimiento correista nos llevan de la mano a concluir que hay una verdadera conducta irrespetuosa de las buenas costumbres, de las normas y las leyes, una conducta tendiente a violentar lo estatuido y fomentar la impunidad. Ya lo sentenció, el mismo asambleísta Cuero, cuando dijo, con el mayor desparpajo, que volvería a repetir su actuación un millón de veces. Será seguramente para demostrar que, desde su óptica, un hijo de un asambleísta jamás puede ser tratado como el resto de ciudadanos de a pie ni juzgado en igualdad de condiciones que uno de sus “compañeritos”. La valentía jamás ha sido virtud que se la demuestre a gritos y peor con bravuconadas de arrabal. (O)





