Si, como lo leen: la soledad inflama. Y no solo la soledad, también el rechazo, la sensación de no pertenecer y otras formas de desconexión social.
Así lo demuestran investigaciones en neurociencia, como las de Naomi Eisenberger y su equipo, quienes afirman que la desconexión social activa respuestas biológicas muy concretas en las que el organismo entra en estado de alerta y se producen procesos inflamatorios similares a los que aparecen ante una amenaza física. Literalmente el cuerpo reacciona, se prepara, se defiende.
Esto no quiere decir que seamos frágiles por necesitar a otros, sabemos que somos seres biológicamente sociales, a pesar de tener días en los que nos sentimos completamente antisociales. Sin embargo, nuestro sistema nervioso no fue diseñado para el aislamiento prolongado, basta ver todos los estragos que la soledad y el aislamiento de la pandemia del COVID 19 causó en tantas personas.
Tal vez por eso cuesta tanto sostener ciertos ritmos. Trabajar sin vínculos reales, competir de forma permanente, demostrar fortaleza constante. El cuerpo registra todo eso, y cuando no encuentra espacio para el contacto, una conversación honesta o pertenencia, responde con tensión, estrés e inflamación.
Así pues, la independencia, el aislamiento, la hiperproductividad y la desconexión afectiva pueden terminar pasando factura, no solo emocional, sino también física. Dichosos quienes tenemos a mucha gente en nuestra vida, ya que los necesitamos para estar bien. El bienestar no es solo disciplina, ejercicio o fuerza de voluntad, es también presencia, vínculo, contacto.
Escuchemos con atención a nuestro cuerpo. A veces nos pide baile, risas, una conversación profunda o una buena mano de llanto. A veces, lo que nos pide es conexión. (O)
@ceciliaugalde





