Asimismo, el prurito del entretenimiento como elemento complementario del servicio mediático adolece de estándares básicos de calidad. Lo que prima en perjuicio de las audiencias es el burdo espectáculo, el morbo y el exhibicionismo. Los espectáculos televisivos son una penosa muestra de lo que no debería proyectarse en la pantalla chica. Esto demuestra que no hay una adecuada producción nacional tras cámaras para redimir el tiempo libre de los telespectadores. Los programas de distracción -realities, de impacto mundial, son una bofetada a la inteligencia de los receptores. La invasión mediática a la intimidad de la gente gira alrededor de intereses meramente mercantilistas, mas no, de mecanismos pedagógicos que beneficien en la construcción ciudadana.
Desde esa lupa, la intención de estos espacios es acrecentar la sintonía en los mass media. Aunque aquello implique la banalización de las parillas programáticas, particularmente de la TV, cuyos contenidos rayan en la mediocridad y lo superfluo. Ahora, lo dicho se expande en las redes sociales en donde predomina la inmediatez y lo trivial, catalogándose al fenómeno de “podredumbre cerebral”, tal cual lo sentención Umberto Eco: “Las redes sociales le dan el derecho de hablar a legiones de idiotas que primero hablaban sólo en el bar después de un vaso de vino, sin dañar a la comunidad. Ellos eran silenciados rápidamente y ahora tienen el mismo derecho a hablar que un premio Nobel. Es la invasión de los idiotas”.
Es necesario repensar tales contenidos ante la innegable responsabilidad social que poseen los medios y quienes los manejan. (O)





