En el siglo actual que avanza rápidamente, donde los cambios sociales, culturales y tecnológicos son vertiginosos, la Iglesia enfrenta un desafío profundo: ¿debe adaptarse a las demandas de la modernidad o mantenerse fiel a sus raíces y enseñanzas esenciales? Esta es una cuestión de suma importancia que afecta no solo a la estructura y la misión de la Iglesia, sino también a la vida espiritual de millones de fieles.
Para que se entienda lo que quiero decir es que, la modernidad exige innovación constante, una adaptación incesante a los nuevos paradigmas que van surgiendo en cada época. Implica dejar atrás lo que se considera obsoleto para estar al día con las tendencias del mundo actual. Para la Iglesia, esto representa una tentación constante: contemporizar con el ambiente social y cultural, ser “relevante” ante los ojos de un mundo que cambia rápidamente. Sin embargo, esto también conlleva un peligro. La búsqueda desesperada por ser moderna le puede llevar a perder lo más valioso: su identidad, su esencia, lo que la hace ser lo que es.
Es cierto que la Iglesia, a lo largo de los siglos, ha tenido que acomodarse a nuevas situaciones y contextos, es lo que se llama “inculturación”. Pero esta adaptación no debe confundirse con una necesidad de modernización continua. La prioridad de la Iglesia no debe ser el cambio por el cambio mismo, sino la fidelidad. Fidelidad a las enseñanzas de Cristo, a la Tradición viva que ha sido transmitida por generaciones y que tiene sus raíces en algo más grande que cualquier tendencia pasajera: en Dios mismo, el autor de la gracia.
Ser fiel, a diferencia de ser moderno, requiere constancia, lealtad y un esfuerzo inquebrantable por mantener lo esencial, a pesar de las presiones externas. La fidelidad no es una resistencia ciega al cambio, sino un compromiso profundo con lo que es verdaderamente inmutable: las verdades fundamentales que han guiado a la Iglesia desde sus inicios. Estas verdades, que proceden de Dios, no cambian con el tiempo ni con las modas. Por tanto, la Iglesia debe buscar siempre ser fiel antes que moderna. Su misión es llevar la luz del Evangelio a todos los rincones del mundo, sin comprometer su esencia, sin diluir su mensaje. Solo así podrá cumplir con su propósito, no de agradar al mundo, sino de guiarlo hacia la Verdad eterna. Tengamos esto presente ahora que tanto se habla de “desescolarizar de la catequesis”. (O)






