El paradigma saussureano propone un ejercicio de creación de la realidad desde la premisa de que no nombramos las cosas, sino que les damos forma; la cultura japonesa define como kotodama al poder implícito de la palabra para influir en el mundo.
Kaizen, Kintsugi y Wabi-sabi, tres palabras japonesas llenas de contenidos, simbolismo y poder transformador. La primera; Kaizen, se traduce, literalmente, como: cambio para mejor, se traduce como el proceso de aprendizaje, reflexión, compromiso y mejora continua; se fundamenta en la idea de cómo pequeños, pero constantes, cambios construyen grandes transformaciones.
La segunda el kintsugi, que se traduce como reparación con polvo (de oro, plata o platino), nos propone celebrar las grietas o roturas como “celebración de la historia” del camino, del acumulado del cual somos producto, incorporando las cicatrices, no como parches sobre la piel herida, sino como huellas de cada reto superado, cada aprendizaje incorporado, cada triunfo alcanzado.
Finalmente Wabi-sabi, concepto filosófico que propone una visión heterodoxa de las bellezas que subyacen en la imperfección, la impermanencia y la simplicidad en que se expresión la existencia, aceptando la asimetría como valor y expresión estética.
Kaizen, el cambio; Kintsugi, la reparación y Wabi-sabi aceptar la imperfección para encontrar la paz y belleza que subyace en lo cotidiano; una forma de describir el poder (o magia) de las palabras para proyectar, proyectarse y proyectarnos desde cada jornada hacia nuevos contextos y retos.
El concepto japones del Ikigay que nos invita a comprender la vida desde un propósito de valor para el cual estamos diseñados y sobre el cual nos articulamos, proyectamos e integramos en la historia se sustenta en nuestra capacidad para conocernos y transformarnos, repararnos sobre la marcha y aceptar la belleza de una vida llena de tropiezos que nos recuerdan el sabor de levantar. (O)





