Hay discusiones que terminan… pero no se van, se quedan de inquilinos gratuitos en nuestra mente como una canción en replay. Rebobinamos la escena, cambiamos el tono, editamos nuestras respuestas, imaginamos lo que debimos decir. Y mientras más la repetimos, más grande se vuelve.
La psicóloga Susan Nolen-Hoeksema llamó a este mecanismo rumiación: el hábito de volver una y otra vez sobre el mismo pensamiento sin que eso nos acerque a una solución. No es análisis, es repetición, y la repetición amplifica.
Es curioso cómo funciona la mente, un error puntual puede ocupar cinco minutos en la realidad y cinco días en nuestra cabeza. Una frase puede durar segundos en el aire y semanas en nuestra memoria. No es el hecho lo que se expande, es el tiempo que le damos. Lo que pudo haber sido un instante se transforma en destino porque no dejamos de pensar en ello.
También el modelo del estrés de Richard Lazarus sostiene que lo que nos altera no es solo el evento, sino la evaluación constante que hacemos de él. Es como si la mente siguiera presionando el mismo botón, esperando que el resultado cambie.
Hay una diferencia grande entre pensar y repensar. Pensar busca comprender, pero repensar compulsivamente no resuelve nada, es como quedar empantanados en nuestra mente.
Las conversaciones pasadas no mejoran con una décima versión imaginaria. Los errores no se corrigen desde la repetición mental. Los miedos no se reducen mirándolos sin descanso.
El cansancio muchas veces no viene de lo que pasó, sino del eco que seguimos produciendo. Tal vez vivir más livianos no implique que ocurran menos cosas difíciles, sino que aprendamos a no darles reproducción infinita.
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Dejar que el silencio haga su trabajo.
No todo merece replay. (O)
@ceciliaugalde




