En la construcción del nuevo orden mundial, cada “pieza” importa; por ello, la creación de un nuevo organismo que amplifique su mensaje resulta fundamental.
Fue así que el presidente Donald Trump reunió a un grupo de jefes de Estado (Albania, Egipto, Indonesia, Israel, Arabia Saudita, Vietnam, entre otros) para crear la “Junta de Paz” (Board of Peace), entre cuyos objetivos se encuentran la reconstrucción de la Franja de Gaza, el desarme de Hamás y la verificación de la retirada de las tropas israelíes.
Todo parecería loable, si no fuera porque ya existe un organismo internacional que cumple ese fin: la Organización de las Naciones Unidas (ONU), creada luego de la II Guerra Mundial y que, entre sus objetivos iniciales, tuvo la reconstrucción posterior a ese conflicto bélico. Podría tratarse de una mera coincidencia o de un intento real por sustituir a la ONU. Si bien es cierto que la ONU ha sido criticada de manera frecuente durante las últimas décadas, a consecuencia de su gobernabilidad —con un Consejo de Seguridad con poder de veto únicamente para las cinco grandes potencias—, así como por una excesiva burocracia interna, el consecuente uso de fondos y cierta ineficiencia en la resolución de conflictos.
Quienes creemos en los principios del Derecho Internacional —igualdad soberana de los Estados, prohibición del uso de la fuerza, no intervención en los asuntos internos, autodeterminación de los pueblos y buena fe— sabemos que la ONU no es perfecta, pero sí perfectible.
Por ello, se debe apoyar su consolidación, la modernización de sus mecanismos de gobernabilidad y la continuidad de su loable fin de mantener la paz y la seguridad internacional, y no realizar apuestas privadas a corto plazo que puedan terminar en escisiones.
@andresmartmos






