En la antigua Grecia pharmakon significaba al mismo tiempo remedio y veneno. No eran dos conceptos opuestos, era uno solo y la diferencia no estaba en la sustancia, sino en la dosis. Visto así, casi nada en la vida es absolutamente bueno o absolutamente malo, depende de cuánto, de cómo y de durante cuánto tiempo.
Un poco de café nos despierta; cinco tazas seguidas nos convierten en un manojo de nervios. El ejercicio fortalece; el exceso lesiona. Un plato de mote pata nos llena de felicidad; dos platos de mote pata… bueno, la excepción confirma la regla, la felicidad no tiene límites. El amor acompaña; la posesividad asfixia. Incluso el descanso, si se prolonga demasiado, pesa, ahoga, deprime.
Filósofos como Jacques Derrida retomaron el concepto de pharmakon para mostrar que aquello que protege también puede corromper. El mismo elemento que nos salva puede, en otra medida, dañarnos, como una auténtica sobredosis. La diferencia rara vez está en la esencia; casi siempre está en el exceso.
Vivimos, sin embargo, en una época en la que siempre queremos “más”. Más productividad, más disciplina, más optimización, más conexión, más información. Como si la intensidad fuera sinónimo de valor, como si la vida fuera una competencia de acumulación imparable.
La antigua sabiduría griega se adapta perfectamente a nuestra época de extremos en la que en realidad la dosis hace al veneno. No hace falta erradicar el café, el trabajo, el amor, el descanso, las redes sociales o la ambición. Hace falta saber cuándo el remedio empieza a intoxicarnos.
La vida no siempre se arruina por lo que es dañino desde el principio, sino por lo que parecía bueno, incluso virtuoso… hasta que cruzó el límite.
Y ese límite, casi siempre, lo cruzamos con entusiasmo. (O)
@ceciliaugalde









