El uso político de la sospecha

El allanamiento a la vivienda del alcalde de Cuenca, Cristian Zamora, por parte de la Fiscalía no pasó desapercibido. Más allá de los elementos jurídicos del caso -que deberán sostenerse en el debido proceso-, la reacción pública fue inmediata: pronunciamientos de respaldo, cuestionamientos sobre la oportunidad de la acción y una lectura que excede lo judicial. Zamora no es un actor aislado. Es, como otros recientemente intervenidos, una voz crítica al gobierno. Y en política, cuando los hechos se repiten en una misma dirección, dejan de ser episodios y comienzan a leerse como patrón.

En los últimos meses, figuras como Aquiles Álvarez en Guayaquil o Luisa González han enfrentado procesos, allanamientos o investigaciones en paralelo a un clima discursivo marcado por la deslegitimación. Cada caso puede tener sustento propio, pero su acumulación en un contexto donde el poder nombra, señala y sugiere, produce algo más que justicia.  La coincidencia no prueba una intención, pero sí construye una percepción. Y en política, la percepción también gobierna.

Ese es el terreno donde opera el discurso de incivilidad. No siempre grita ni insulta; muchas veces insinúa. Vincula actores sin relación jurídica, sugiere responsabilidades sin evidencia directa y deja instalada una sospecha que no necesita comprobarse para ser eficaz. Así ocurrió cuando el presidente Noboa, en una publicación en X, calificó a Gustavo Petro de “mentiroso” y, en el mismo mensaje, mencionó a la familia de alias Fito junto con la excandidata Luisa González. No hay conexión judicial entre ambos hechos, pero su proximidad narrativa instala duda. No importa demostrar; importa asociar. La insinuación parece ser suficiente.  

Cuando este tipo de discurso convive con acciones institucionales, el efecto se amplifica. El adversario ya no entra al debate en igualdad de condiciones: llega marcado. Defenderse implica primero desmontar una sospecha previamente instalada. En un país atravesado por la inseguridad, con un lenguaje político cada vez más cercano a la lógica de guerra y con niveles de confianza institucional debilitados, la incivilidad deja de ser un exceso y se convierte en herramienta. El problema, entonces, ya no es el tono del poder, sino su forma de operar. Cuando gobernar implica insinuar, la democracia empieza a hablar en clave de sospecha. (O)

@avilanieto

Dra. Caroline Ávila

Dra. Caroline Ávila

Académica. Doctora en Comunicación. Especialista en Comunicación Estratégica y Política con énfasis en Comunicación gubernamental. Analista académica, política y comunicacional a nivel nacional e internacional.