Si bien el insulto se ha dado en todo los tiempos y espacios, empero, no deja, en estas épocas, de inquietarnos por su incremento y, sobre todo, por su saña y alevosía. Ahora, como que los insultos ya no surten el efecto dañino esperado, debido a su mayor frecuencia o porque se genera de trivialidades, todo en función de creerse superiores o de humillar a los demás.
La preocupación es mayor cuando en las calles, plazas, mercados, recintos estudiantiles y más, se escuchan insultos que pasan las más de las veces desapercibidos: que longo tal o cual, que atrevido, que filático, que fea, que gorda, que ignorante, y más, que (hasta cierto punto) lo toleramos como una manifestación “normal” de una sociedad enferma, desmotivada y hasta sin vergüenza. En definitiva, lo que se trata con el insulto es de rebajar al superior para ponerle en el saco de la masa común, reflejando la cómoda reacción de quien se siente inferior.
En este contexto, es oportuno reconocer que recientemente se viralizaron insultos que se dieron últimamente en relación con ciertas acciones del Alcalde de Gualaceo y de algunos funcionarios, a los cuales, y está bien, que se les solicite correcciones, pero, lo negativo está de que se lo haga en base a insultos e incluso agravios. Lo lamentable, injustificable y bochornoso, es que también se cruzaron insultos entre pobladores de Gualaceo y de Sígsig. Y, no muy lejos, más y más insultos de ciertos mandantes en contra del Alcalde de Cuenca, que también ha dado ciertas “insultaditas” teniendo como medios las redes sociales que amplifican y viralizan tornándose en la comidilla del día. Y, el representativo ejemplo, de lo que NO se debe decir o difundir, son los insultos, ya no tan infrecuentes, entre Noboa con el que el que se fue a Bélgica. ¡QUÉ VERGÜENZA! Así no se puede aleccionar a un país que espera respeto y seguridad de sus mandatarios y más políticos o pseudopolíticos.
José Ingenieros en el “Hombre Mediocre” (1913), asume que: “el insulto es el desprecio natural que la mediocridad siente ante la grandeza y la originalidad. Es la herramienta con la que la rutina y la hipocresía atacan a quien intenta diferenciarse, marcando su incapacidad de comprender la genialidad”. En este contexto y asumiendo que no somos castos ni perfectos, como que tenemos la mala tendencia, hasta histórica, de desprestigiar, de deshonrar a los demás, empero, es la hora de comenzar en función de familia, de país, a respetarnos, a aceptar otras opiniones, anotando que: no siempre debemos actuar de acuerdo con el tan cacareado “sentido común” sino del “BUEN SENTIDO”-. (O)









